Desde la Oscuridad Cristalina


© Joaquín Urrutia

Dice Jorge Luis Borges –el poeta argentino– en una conferencia sobre la ceguera, que “La gente se imagina al ciego encerrado en un mundo negro” y que eso es falso pues el negro es uno de los colores que un ciego como él ha perdido y echa de menos. Habla de un mundo de “neblina verdosa” que sustituye a la oscuridad añorada del negro. “Yo hubiera querido reclinarme en la oscuridad” –asegura.


Cierto. Para quienes gozamos del regalo de la vista todo en torno a la ceguera se constituye como un gran cúmulo de suposiciones. No alcanzamos a imaginar un mundo en el que la pérdida de la vista no signifique ver todo de una misma manera, o al menos de una forma con pocas variaciones.



© Joaquín Urrutia


En este sentido, la obra fotográfica de Joaquín Urrutia que lleva por título “Oscuridad cristalina” nos recuerda precisamente eso: que la oscuridad no es una sola y que por lo tanto tampoco el hecho de no ver significa exactamente no ver en el sentido en que quienes vemos lo entendemos.


Lo anterior habla también de cómo nos consideramos –desde la placidez de la mayoría– el centro y el parámetro de la constitución de los diferentes universos posibles de la imaginación y del mundo mismo.



© Joaquín Urrutia


El recordatorio que nos hace Urrutia a través de su fotografía es doloroso e inspirador. Doloroso porque nos muestra nuestra ignorancia e insensibilidad ante la condición de quienes viven bajo el velo de la ceguera. E inspirador porque al acercarnos a esa realidad diferente –y amplificada como resultado de suplir el sentido de la vista por otros sentidos– nos regala la posibilidad de recorrer con otros ojos lo más íntimo y humano.


En la conferencia antes mencionada el autor De Elogio de la sombra –libro en el que además alude justamente a su ceguera– menciona que ha vivido ésta no como algo terrible sino como una manera de estar en el mundo de una forma más sensible y amplia, toda vez que el ciego es alguien que “se sobrepone a su desdicha”.



© Joaquín Urrutia


Los personajes de las fotografías de Joaquín Urrutia son de esta estirpe: Tania, una adolescente a quien le negaron la inscripción en la secundaria de su pueblo por ser ciega y viaja diariamente 10 km al pueblo vecino donde sí fue aceptada. Kevin, un sobreviviente a un tumor en el cerebro que defiende no ser tratado con lástima por ser ciego. Sebastián, un hombre de 77 años que encontró en la docencia la cura a la frustración ante la imposibilidad de estudiar medicina porque perdió la vista desde los 8. Charly, un hombre que ríe frente a una taza de café, con ese rictus amable propio de los ciegos cuando ríen. Su rostro es una declaración de sobrevivencia a la bala que le atravesó la cabeza al ser asaltado en su tienda de abarrotes.



© Joaquín Urrutia


No hay manera de no rendirse ante la mirada de Urrutia. Ante la mirada del que se detiene a mirar al que no mira –con los ojos– sino con el cuerpo que ha aprendido a ver con otros ojos: los de las manos y la respiración, los del olfato y los sonidos.


Dice Borges que a él nunca lo ha abandonado el color amarillo a pesar de la ceguera. Habla de su “amistad con el amarillo” y de cómo desde niño se detenía frente a las jaulas del tigre y del leopardo. Y recuerda el momento dramático en que se dio cuenta de que su vida como lector había terminado: el mismo en que lo nombraron Director de una Biblioteca; la biblioteca, “el paraíso”, en palabras suyas. Que ahora le pertenecía e irónicamente también se le negaba pues no podía leer ninguno de los muchos libros que lo rodeaban.



© Joaquín Urrutia


La ceguera debe verse como un modo de vivir –según Borges–, al tiempo que asegura que ésta no ha sido para él una desdicha total y que hay cosas que le debe a la sombra, como el surgimiento de los poemas en que elogia su ceguera y que no habrían existido si no hubiera vivido ese “lento crepúsculo” que significó para él la pérdida de la vista.



© Joaquín Urrutia


Un don, dice el poeta argentino. Entonces miro a uno de los personajes de las fotografías de Joaquín, Elena, que da masajes y en la imagen captada por el fotógrafo esboza una sonrisa. Seguramente no hay manos que den un masaje como las de un ciego porque éste toca también para ver. Porque mientras toca está reconociendo con otros ojos.


Esa otra mirada es la que nos muestran estas fotografías de Joaquín Urrutia: a la que le bastan las manos, el oído, el paladar, la piel… para ver.


Gabriela Aguirre.


Joaquín Urrutia Partida.

Estudió Artes Visuales en la Universidad de Guadalajara y al terminar cursó en la Universidad de Guadalajara y al terminar cursó la carrera en fotografía y Gestión de proyectos en la academia EFTI, en Madrid. Becario del FONCA en el año 2016.


Gabriela Aguirre.

(Querétaro, 1977). Libros publicados: La frontera: un cuerpo, 2004. El lugar equivocado de las cosas, 2011. La casa es una espora, 2015. La isla de tu nombre, 2017.

En 2003 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino y en 2007 el Premio

Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa. Becaria del FONCA en dos ocasiones, del Consejo

Estatal para la Cultura y las Artes de Querétaro (Jóvenes Creadores) y del Instituto Queretano de la Cultura y las Artes (Creador con Trayectoria), también en dos ocasiones. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (Poesía) de 2005 a 2007.

Estudió la Licenciatura en Lenguas Modernas-Español en la UAQ, la Maestría en Creación Literaria en la Universidad de Texas en El Paso y el Doctorado en Artes en la UG. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.


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